EN LA MUERTE DE EDUARDO R. CHIBAS

Apagada su voz, busca la arena
que venga hasta su sangre y la defina
En la ausencia la sombra lo ilumina
con ademán oscuro de azucena.

Esperándolo está la noche plena
y hacia la luz -sin ojos- se encamina.
La tarde abre por él -con daga fina-
los vertederos niños de la pena.

Aire sin tacto y rosa dividida
desde la hierba tañe su figura
por las campanas muertas perseguida.

Mientras el árbol fiel que lo prohibe
acechaba su calor entre la oscura
selva del llanto en que por siempre vive.
David Moya Posas

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