LAS DULCISIMAS GUITARRAS DE LA NIEVE
He estado recordandote igual que se recuerda
la pupila marítima
del rostro del ahogado.
El aire entonces
jugaba en los cabellos
helados de las bañistas.
Alguna vez nevó.
¿La nieve? Pero si era
ella misma viajando por los trópicos absurdos
con un desmayo blanco bajo el cielo dulcísimo.
Ahora bien lo recuerdo. La nieve siempre tuvo
despeñaderos de ámbar por tu cuerpo
infinito.
Yo ya lo conocía en su perfecto
equilibrio.
Ascendía lo mismo que la flor por los muros
sobre tus brazos nuevos donde la sangre hinchaba
los velámenes del frío.
Sin embargo tu imagen
tiene el tacto perfecto del aire que jugaba
al tiritar en los cabellos
helados
de las bañistas.
David Moya Posas
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