ROMANCE DE LA MUERTE ANONIMA
Una hoguera de velorio
lamía la madrugada.
Hombres de sueño corto
se alargaban en las llamas.
Horizontal entre fuego
la penumbra está incendiada
entre un circulo de flores
por trozos de cera blanca.
Hay murciélagos de sombra
en una danza macabra
que morián con el viento
que en los velorios no acaba.
Para su muerte sin nadie
hay demasiado en la sala.
(En el cuartucho que es todo
en las casas de barriada).
Las cuatro tablas de pino
no permiten ver su cara
a los que juegan al naipe
sin querer conocer nada.
Hay a veces un sollozo
que tiene cuerpo de anciana.
Dice un nombre tan oscuro
como el color de su enagua.
Y en la alcancía del viento
quizás allá por el alba
guarde su grito obligado
una mujer ignorada.
De vez en cuando a la puerta
que pide trozos de tabla
llegan friolentos alcohólicos
que se van sin decir nada.
Solo el aullido de un perro
con su angustia encadenada
cruza la tierra del piso
y se revuelve en las tablas.
David Moya Posas
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